Es la ideología, no el comportamiento religioso

16/Nov/2016

Infobae, George Chaya

Es la ideología, no el comportamiento religioso

El discurso de François Hollande ha sido
inteligente e interesante. Sin embargo, el freno al terrorismo religioso debe
emerger de los propios musulmanes
Francia conmemoró el primer aniversario de
los atentados en París en una jornada en la que el presidente François Hollande
inauguró seis placas en memoria de las 130 víctimas de los ataques yihadistas
en la capital francesa.
En su discurso, el primer mandatario abordó
el problema del terrorismo religioso como nunca antes lo había hecho, lo cual
es un síntoma de que Europa está comprendiendo el flagelo del islamismo
radical, según señaló una publicación de Reuters.
Definir el integrismo y comprender sus
motivaciones no es complejo para los que venimos del mundo árabe. Es simple, de
lo que en verdad se trata es de una ideología rígida y un dogma pétreo que está
fuera de cualquier posibilidad de ser contrastado. Su discurso es un diálogo de
suma cero, violento y maximalista. Sus adherentes jamás reflexionan y sólo
estarán satisfechos cuando los que consideran sus enemigos se conviertan a su
creencia o sean vencidos.
«Europa parece estar comprendiéndolo
luego de padecer los golpes que costaron la vida de cientos de sus
ciudadanos», declaró a la agencia AFP, Said Ramzi, pseudónimo del
periodista francés que logró infiltrarse seis meses en una célula yihadista.
Sin embargo, aún existe una ruidosa sordina
de aquellos que por acción u omisión apoyan a los radicales siendo funcionales
a la inmoralidad que encarnan. ISIS no está en Siria para liberar a los sirios
de Bashar al Assad ni de nadie. Ellos están tratando de destrozar lo que queda
en pie del Estado para instaurar su proyecto de Califato, al tiempo que cometen
los crímenes más abyectos.
Un informe reciente de DEBKAfile indica:
«Durante décadas una corriente académica y periodística analizó el
fenómeno del fundamentalismo desde una visión intelectual-militante que
confundió a la opinión pública sobre el significado real de este tipo de
terror».
Concretamente, esos analistas esgrimen una
débil explicación sobre el terror religioso, al que sindican como el resultado
de la pérdida de libertades políticas y económicas a manos de la hegemonía
occidental y de la ocupación israelí de Palestina. A mi juicio, tal explicación
configura una vulgaridad disociada de la realidad. Como indiqué hace una década
y repito ahora, estos no han sido los factores que contribuyeron a la expansión
de tal modalidad terrorista. «Los factores que lo crearon y lo alimentan
han sido el propio terrorismo fanático, los petrodólares del Golfo y una
aceitada maquinaria de odio favorecida por quienes interpretan la religión discrecionalmente
y fuera de cualquier diálogo racional».
El discurso occidental de que una persona
se convierte en terrorista en respuesta a la destrucción de su entorno
patriótico, social y cultural no encuentra sustento en antecedente histórico
alguno. No hay reivindicación identitaria ni patriótica en este fenómeno.
Tampoco se está ante la defensa de aspectos culturales o nacionales en el
accionar del terror religioso. De lo que se trata es de sistemáticos actos
contrarios a su propia cultura, donde las víctimas mayoritarias son musulmanas,
por lo que la explicación del problema desde la visión de los opinólogos
occidentales, «no es más que una defensa de los que conducen a sus propios
hermanos a un suicidio colectivo».
El discurso de Hollande ha sido inteligente
e interesante. Sin embargo, el freno al terrorismo religioso debe emerger de
los propios musulmanes; no habrá solución en Siria ni en los conflictos donde
el fundamentalismo esté presente hasta que los países árabes no confronten con
un discurso claro y crítico ese fenómeno. Lo único que los dirigentes
occidentales podrán hacer es convivir con la enfermedad del terrorismo al igual
que convivimos con el calentamiento global, el zika, las inundaciones y los
incendios forestales.
Lo que se debe entender para no confundir a
la opinión pública es: «El peligro no está en la forma en que cada persona
vive su religión». Está en la radicalización de su mente.
Es claro que la milenaria cultura árabe ha
brindado a la humanidad en los siglos pasados infinita riqueza en el campo de
las ciencias, la cultura y un sinfín de etcéteras.
Sin embargo, las preguntas a efectuarse son
concretas y más sencillas que los discursos políticos grandilocuentes. A saber:
¿qué ofrecen los países árabes a la civilización y al mundo hoy? ¿Qué
progresos, invenciones y descubrimientos se están haciendo en el mundo árabe
actual? ¿Cuál es su contribución a la civilización y a la humanidad en el
presente?
Además del petróleo bajo su suelo, por lo
cual no se puede demandar ningún mérito a nombre de los seres humanos que viven
sobre la superficie de la Tierra, no hay nada que el mundo árabe esté
ofreciendo hoy a la humanidad. Y la razón es porque los ciudadanos árabes son
rehenes de sus élites religiosas y políticas que se erigen como defensores
pseudo-intelectuales de la vanguardia de sus pueblos, sea contra los
extranjeros, los cruzados, los sionistas, los imperialistas, los
norteamericanos, los colonialistas, etcétera.
Para extirpar el yihadismo, lo que los
gobernantes árabes deben hacer —si son honestos con sus pueblos— es admitir sus
errores y corregirlos. Culpar a otros por sus problemas o a quienes los
visibilizamos desde la prensa no deja de ser una forma banal, ridícula e
ignorante que no soluciona nada y degrada el intelecto.
De allí que es obligación de los que nos
sentimos libres la construcción de una forma pacífica y proactiva dentro de
cada uno de nosotros para proponer las modalidades que posibiliten cambios
hacia un mundo moderno. Con ello, no estaremos apologizando sobre nada ni
nadie, con ello estaremos dando el primer paso para desechar el yugo de la
opresión tribal, el atraso social e intelectual, la destrucción del ser humano
por creencias anticuadas y la sensación abrumadora de que el mundo árabe, a
pesar de su abundancia en recursos energéticos, vive lo más al revés posible
del conjunto de sociedades modernas en el mundo de hoy.